Antonio Bonet, arquitecto

Rafael Alberti, 1968 *

Cuando yo vivía en Punta del Este (Uruguay), me hice amigo del joven arquitecto catalán Antonio Bonet, constructor de mi bella casa junto al mar, llamada "La Gallarda». Trabajaba, a la vez, en la transformación del bosque de Punta Ballena y en su admirable "Solana del Mar», que hoy sigue dando gracia y luz a aquellas playas. Estas páginas que le dedico fueron escritas para prologar una monografía que sobre estos trabajos iba a publicar una editorial de Buenos Aires.

Siempre que pienso en Cataluña, me veo en Tarragona, balcón de maravilla sobre el mar suspendido allá abajo, rutilante de azul, lleno de gracia y hermosura. Nada como aquel alto de la ciudad romana para dejar caer los ojos en el Mediterráneo, cuna sagrada de la luz, del preciso perfil, del color, de la plástica, del orden, de la armonía. Por él arribó Grecia hasta la roca o la arena tendida de estos litorales, trayendo luego Roma, con la espada de Marte y el fino olivo de Minerva -abogada de los canteros y maestros de obra-, la mano elevadora de los templos, de los arcos de triunfo, las termas, los teatros, los puentes, los acueductos, las calzadas y vías militares. Por una de estas, la Vía Augusta, pasando bajo el Arco de Bará y junto al mausoleo de los Escipiones, quiero verme también camino de Barcelona. El paisaje, como todos los del Mediterráneo desde las playas distantes del Mar Negro, se halla ornamentado de cipreses -con frecuencia ceñidos de rosas-, de pinos parasol, de olivos, algarrobos, higueras,... El festón de la espuma lo ondula por un lado; los pueblos marineros y el humo de las fábricas lo interrumpen a veces, y el blanco puntiagudo de las velas saluda desde lejos la albura detenida de las masías. Felicidad del aire, alegría de lo claro. de lo ágil, del ritmo, de la música. Aquí todo es palpable, lineal, definido. El viento del mar clásico se llevó para bien de los ojos lo impreciso, trayendo en cambio sus esbeltos contornos, lo puro y grácil de las formas. En Cataluña, lo mismo que en las costas del Levante español hasta Cádiz, de los cinco sentidos, el de la vista y el del tacto son los más agudos, más profundos, más plenos. Ver, ver y ver: Pintura. Ver y tocar: Escultura. Ver, palpar, penetrar, aún más que con la mano con el filo tajante de la retina: Arquitectura.


Antonio Bonet, arquitecto, sólo pudo nacer, ver la luz, a orillas de esa luz creadora de los cánones visibles y tangibles más imperecederos.


Imagen de un arquitecto
Hasta en los rasgos físicos se reconoce en Bonet a un hijo de la Tarraconense. Cabeza como la suya puede hermanarse con las muchas romanas extraídas del suelo de Cataluña y conservadas hoy en sus museos. Todavía parece la de un Augusto joven, ya que los años de Bonet -nació en 1913-pueden aún permitirle esa semejanza. Lo he conocido aquí, en Buenos Aires, al año siguiente de terminada la guerra española. Ya sabía algo de su nombre, de su precoz inteligencia. En Paris (1937) estuve a punto de encontrármelo.

Trabajaba como colaborador de otros dos grandes arquitectos: José Luis Sert, también catalán, y Luis Lacasa, madrileño, viejo amigo mío. Era la obra el Pabellón de España, levantado para la Exposición Internacional que habría de celebrarse aquel mismo año. Fue Lacasa quien primero me habló de Bonet. Pero nunca lo vi. Ni siquiera durante las varias visitas que hice al pabellón mientras se construía. Picasso, al que frecuenté algunas noches en el Café Flore, esperaba la terminación del muro donde iba a exponer su acusador «Guernica». Con el de Suecia. Japón y el de Le Corbusier -«Temps Nouveaux»-, el pabellón español, por su modernidad e importancia, fue uno de los más destacados. Por primera vez Bonet intervenía, al lado de su amigo y orientador José Luis Sert, en una obra considerable.

«Porque Sert -me dice Bonet, ya ahora en Buenos Aires-era en la Barcelona de 1932 el único arquitecto no sólo encaminado hacia la nueva arquitectura sino también el único que la realizaba. Junto a él me fui a traba.jar, cuando apenas tenía 19 años y me faltaban cuatro para terminar la carrera».

El entusiasmo de Bonet por su vocación es grande. Casi no puede hablar de cosas que no estén relacionadas con ella o vayan a desembocar en ella. Y aunque su exaltación, de tranquila, pudiera a veces darle una apariciencia de hombre frío, la claridad con que se expresa, su exactitud continua, su estado permanente de fervor lo revelan de pronto como el más cálido signo de la pasión latina.

Para recibir la lección del Mediterráneo, se embarca Bonet en el «Patris II», que sale de Marsella para Atenas. Va a celebrarse allí, ba.jo el ala quebrada del Partenón, un acto trascendente: IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM). Sus enunciados más importantes son discutidos a bordo, mientras la travesía. Como coronación final, nace la Carta de Antenas, que firman, ante los ojos de la deidad protectora de los arquitectos, los más ilustres del mundo: Le Corbusier, Roth, Alvar Aalto, Charreau, Sert, Van Esteren, Pollini... Antonio Bonet ha asistido a esta reunión como estudiante, cumpliendo 20 años en el mar.

Ya se ha hecho amigo del más claro maestro de la arquitectura de nuestra época. Y en 1937, aprovechando el hallarse en París, ingresa en su estudio. Junto a Le Corbusier, Bonet proyecta, entre otros trabajo, el edificio más importante en el Proyecto General que el arquitecto francés hiciera para la Exposición Internacional de Lieja (1939).

Aunque dejara Europa en 1938, Antonio Bonet pertenece también a esa generación de jóvenes intelectuales españoles que se ha visto lanzada a formarse lejos de la patria. ¿Cuántos de su misma edad, arrancados de sus estudios hace más de diez años, interrumpidos, desgajados de su raíz han tenido la suerte de soportar tan dramática prueba? Pero Antonio Bonet, al arribar a estas orillas traía la ventaja de expresarse -a pesar de no haber obtenido todavía una amplia ocasión de demostrarlo- por medio de un lenguaje universal, necesario, un arte de utilidad inmediata, aunque sin concesiones fáciles en la línea en que él lo practica.

Con su entusiasmo y tesón naturales, lo primero que hace en Buenos Aires es crear con varios arquitectos argentinos un grupo, denominado “Austral”, cuya expresión doctrinaria es una revista. La firman, con él, todos los que integran el equipo: Jorge Ferrari-Hardoy, Juan Kurchan, Hilario A. Zalba, Simón Ungar, Alberto Le Pera... Pero escribir, sobre todo para un arquitecto, no es realizar. Y hay que realizarse construyendo, robándole al espacio, al aire y a la luz, aprisionándolo dentro del cuerpo de la obra. Con una casa para negocios y estudios (esquina Paraguay y Suipacha), verdadero experimento totalmente logrado, se estrena Bonet en Buenos Aires. Luego, con los arquitectos Jorge Vivanco y Valerio Peluffo, levanta un grupo de casas en Martínez, creadas a base de nuevos recursos constructivos, de una clara y sencilla belleza. Alguna casa más, unos estudios sobre vivienda obrera y un gran proyecto para la Facultad de Aeronáutica de La Plata, en colaboración con Hilaría A. Zalba, jalonan el camino que recorre en la Argentina para llegar a su obra más trascendente realizada hasta ahora en tierra americana: Punta Ballena. El arquitecto catalán ha cambiado de orilla. Una sierra, una laguna, un bosque y una playa van a abrirle la escena donde ha de situar su primera y maestra creación. Estamos ya en 1945. No quiero imaginarme ahora, dejada la romana Tarraco, caminando por la Vía Augusta hacia la Barcelona natal de Antonio Bonet. Pero aunque el paisaje es otro, también recorro carretera de pinos, paso poblados junto al mar, me hundo en pálidos médanos suaves, para meterme al fin en un bosque profundo, un apretado bosque en cuyo fondo voy a encontrar a un arquitecto del Mediterráneo, dispuesto a abrir la luz en sus umbrías, haciendo entrar en ella al hombre, inaugurando así una vida nueva en un lugar sólo antes de pájaros, viento entre ramas invisibles, dunas deshabitadas, orillas casi en soledad.

Homenaje
Un bosque. Llego a un bosque. Lo penetro, me sumerjo, abro los ojos y respiro dentro de sus pulmones. Un hombre. Llego también a un hombre. Me hundo dentro de él y veo que su sueño está lleno de ramas, de troncos que se estrujan peleando por alcanzar el cielo, de oscura y silenciosa naturaleza, cerrada de hermosura. Nunca un bosque y un hombre llegaron a fundirse, a ser un mismo ser, una alma misma, un solo cuerpo bajo el aire. Si ahora dijera yo que el hombre que creó ese bosque, creándose a sí mismo, vigila vivo junto a él, en una tumba frente al mar, diría también que el sueño de esas ramas y troncos vigila alerta junto al hombre. El uno duerme junto al otro. Conversa el uno con el otro, abrazados, unidos por el viento, inseparables. Este epitafio escribiría yo sobre la estela que hoy abriga el reposo de D. Antonio D. Lussich:

Aquí conmigo estás, igual que afuera,
bosque del sueño, siempre estoy contigo.
Si primavera yo, tú, primavera.
Nos mece el mar, nos canta el viento amigo.
Estamos ya en Punta Ballena.

El bosque
Cuando Antonio Bonet se instaló en la vieja casa del bosque, ya decidido el plan que le daba poderes para transformarlo, la primera pregunta que asomó a sus ojos, no sin filo de miedo seguramente, fue:

¿Cómo meterme en ese bosque, cómo penetrarlo, tocarlo sin dañarlo, sin herirlo en su maravilla?

Delante del bosque, tapado por su extensa espesura, se halla el mar, golpeando el cegador marfil de una playa de seis kilómetros. Árboles, arenas y olas. Hay que exaltar el bosque, haciéndolo visible por dentro, pero sin destruirlo; hacer que el océano mire a su corazón y que éste a su vez pueda mirar su azul sin sacrificio de su oculta belleza. Las frías paralelas de las calles, la parcelación geométrica quitarían al bosque su lirismo, desfigurándole su faz interna, convirtiéndolo al fin en una de esas horrorosas ciudades jardines que hoy vulgarmente cercan a tantas ciudades americanas. Lo bello para el hombre que camina entre troncos, anhelando en verano la umbría de las ramas, es el sendero; y si, además, ha de tener allí su residencia de descanso, ¿qué mejor desear para su espíritu en reposo, ya al ir en busca de la playa, que no sufrir el sobresalto de los repentinos automóviles? Las autopistas, amplias, claras, solemnes, que desenrollan un personal juego de curvas en el cuerpo del bosque, nunca se interpondrán entre su casa ni le molestarán en su camino, ya que un armónico tejido de senderos irá ligando todas las viviendas con la playa. Para evitar los aislados encuentros con los coches, bastará tener unas sencillas pasarelas de madera, a las que Bonet añadirá sobre la gracia original del dibujo una finísima coloración pictórica, siempre en contraste con el oscuro verde de los eucaliptus y los pinos. Y para que el mar y el cielo se alcen de cuando en cuando contra el bosque, creando una apariencia de amplías salidas luminosas, hará talar Bonet, después de un concienzudo estudio, el justo número de árboles, logrando así, a través de estas abras, el que un nuevo elemento, la luz marina, penetre y se fusione con el bosque, añadiéndole una inesperada hermosura. Así, con audacia, con amor y con un sentimiento de responsabilidad estética semejante al del paisajista que para el resultado armonioso de su obra elimina solamente lo necesario, Antonio Bonet hace de la compacta creación arbórea de Lussich una nueva obra, ofreciéndola, sin desvirtuarla de su esencia, al disfrute del hombre.

Mas estamos tan sólo en uno de los lados del triángulo equilátero que traba toda la topografía de Punta Ballena: el de la playa. Los otros corresponden: uno, a la laguna del Sauce, y otro, a la sierra de la Ballena, cuya comba final, clavándose de pico en las olas, ha dado nombre geográfico a esta deslumbradora maravilla de la costa uruguaya. El arquitecto, el urbanista, acaba de salir victorioso del bosque, dejando ya su fresca umbría en condiciones de ser habitada. Ahora se encamina, seguro, hacia la coronación de la primera etapa de su magno proyecto.

Pero toda gran obra colectiva ha de ser levantada por manos trabajadoras. Con multitud de ellas, penetró ya Bonet entre los troncos imposibles, abriéndose paso hasta la playa; con otras muchas, va a dejar acabado frente al océano el más bello edificio que pueda ser mirado desde él. Mas antes, esas manos constructivas, esos obreros que el joven arquitecto capitanea necesitan, para cumplir con entusiasmo su tarea, vivir en esas condiciones sin las cuales el trabajo del hombre es sólo comparable al más penoso de las bestias de carga. Y con el mismo estilo, la misma búsqueda de formas arquitectónicas nuevas, delinea Bonet las viviendas para los obreros y empleados, llenas de aérea gracia, así como el edificio para talleres, garaje, etc. Un mercado redondo, defendido por una puntiaguda techumbre de paja, en singular armonía con la comba que dibuja el terreno en donde ha sido levantado, proporcionará a este pequeño mundo de hacedores de Punta Ballena todo lo necesario. Su juego favorito no pudo descuidarse -una cancha de fútbol lo demuestra-, así como tampoco la cultura, representada por una biblioteca dentro del club social obrero y una escuelita rural antigua aprovechada para la educación de los hijos. Como en la zona abundan muchos médanos, no olvida Bonet para fijarlos la creación de grandes viveros, utilizando las semillas del bosque. Los nuevos vástagos de éste habrían de servirle luego para completar su obra de arquitecto. Diversas torres de vigía -vertiginosas atalayas de madera-darán la voz de incendio, tan frecuente en estos paisajes de arboledas tupidas de difícil custodia. Provisto de agua dulce, recogida de la depuración del lago, desagües cloacales, electricidad y teléfono automático, todo este heroico y siempre anónimo personal acelera, bajo las órdenes de su jefe, el cumplimiento total de la primera etapa de uno de los más hermosos proyectos destinados a engrandecer la América del Sur.

Atravesado el bosque, ya estamos en la playa, dispuestos a ver alzarse con médanos una obra admirable: la «Solana del Mar»).

«Solana del Mar»
Una milagrosa y bella casualidad hace que el paralelo de Punta Ballena coincida en el hemisferio norte con el paralelo que pasa por el eje del Mediterráneo. No deja esto de ser una alegría y hasta un estimulante para la clara visión arquitectónica de Bonet, hijo de sus orillas. Algo de la hermosura balear y de la Costa Brava catalana tienen estos cantiles, término de una sierra, que limitan la playa por un lado, y la luz de este cielo batida mansamente en el azul extenso de las olas. Desde lo alto del lomo de la Ballena, se ve el mar allá abajo romperse en un solemne juego curvo de la blandura bríllante de los médanos que la separan del bosque. Agua, playa, arenas y árboles. Azules, pálidos amarillos, verdes profundos. Ancho escenario soleado. Luz que recorta, ciñe, periila. Lugar para una clara arquitectura. En él, Antonio Bonet planta su «Solana del Mar».

Y la planta después de un largo combate a fondo con las dunas a las que roba unos miles de metros de arena, que es empleada en el saneamiento del bosque. Aprovechando los declives de un médano, que Bonet mueve con verdadera gracia para convertirlo en jardines, hace arrancar el arquitecto desde uno de sus montículos una gran plancha de hormigón armado que es a la vez radiante y soporte de un jardín suspendido, en verdad asombroso. Esta audaz azotea puede escalarse por uno de sus extremos subiendo las suaves pendientes de granilla que hoy florece en la arena. ¿Nos hallamos acaso en la cubierta de un lujoso navío recién anclado dentro de un paisaje, al pie del verde malecón que finge el bosque? Visto desde la playa, el edificio entero sugeriría el sueño de un imposible barco empavesado de celajes y árboles. Su quilla es casi toda de cristal, atorada en la proa de maderas preciosas, acusadas por rectas verticales que parecen fundirse con los troncos del fondo. Mas no nos engañemos. Esta aparente construcción naval es la «Solana», una impecable obra maestra, la inicial del vasto proyecto urbanístico de Punta Ballena concebido por Antonio Bonet.

Un moderno sentido de la plástica -formas y colores-tiene este arquitecto. Es un gran sabio en el empleo, en el juego de materiales. Se le ve que conoce su Picasso, su Miró, su Lipchitz…, todas las tentativas abstractas de las artes de nuestra época. Escojamos uno de los grandes muros de contención del edificio. El fondo gris de la piedra granítica lo mueve un aparejo semirregular que nos trae la visión de alguna tela de Paul Klee o de Torres García. Por otra parte, además, pueden también llevarnos estos muros al recuerdo de los más primitivos y solemnes de las construcciones caldeas. Cuando penetramos en la «Solana»), descubrimos que todo el paisaje ha entrado con nosotros o, más exactamente, que se encontraba dentro ya, esperándonos. Si uno de los problemas de la moderna arquitectura era el de aprisionar la luz y el aire en el interior de la obra, aquí nos hallamos con que el mar y la playa pueden sentarse en nuestra mesa y que al verdor del bosque nada le impide acompañarnos a la hora del reposo, mientras la íntima lectura del libro preferido. Pinta Bonet su arquitectura, pero generalmente con el color que ya traen consigo las materias que emplea. Así, el cuadro que compone es de un diverso combinado natural que crea una armonía sorprendente, lejos de la vana decoración. Al exterior, el edificio está entonado por la esmeralda pálida del césped, el siena claro de la madera barnizada que en largas verticales forma la celosía, el gris verdoso de las estriadas columnas y el blanco acelestado de las cornisas. Detrás, la alta cenefa verdeoscura del bosque y las luces cambiantes del cielo completan este lienzo en donde la «Solana)) es parte imprescindible del todo, centro y alma del paisaje. El interior lo entonan, contando los colores que a través del cristal viene de afuera. la madera de incienso con elementos de bronce que entarima la planta alta y las losas de piedra granítica, trabajadas a la bujarda, que embellecen la baja. El estilo del edificio no permite a Bonet ninguna falta. Todo ha de ser diseñado o dirigido por él: el menor mueble, la tela o el objeto más insignificante. Allí se encuentra su hoy ya famoso sillón de baqueta, extraño y bello, con algo de paraguas del revés, pero cómodo para la intimidad diaria, junto a la mesa de mármol o jaspe, como laja caída de la luna. Pieles de vacas y de toros tienden sus mapas por los pisos. Cortinas amarillas envuelven a ciertas horas el ambiente en una penumbra dorada. Maderas, cueros, gamuzas, piedras y cristales. Un lugar sobrio, una riqueza de color, de formas múltiples, a base de elementos puros, sin recurrir al artificio del adorno superfluo, sin justificación alguna. Todo, tanto en el interior como afuera de la «Solana», obedece a una nueva armonía, a un nuevo orden, tocados de gracia y de humana temperatura, distantes de esas heladas y pobres rigideces que para muchos es hoy el «estilo moderno». La clara retina luminosa de Antonio Bonet, su escondida pasión llena de ritmo ágil, de perfil, de alegría, estaban destinadas a encontrar, y en plena juventud, un lugar como éste de Punta Ballena, capaz de poner en movimiento todas sus heredadas trasparencias de arquitecto del Mediterráneo.

Mas la hazaña, quizás por realizada junto al mar, ha tenido también su gusto amargo. Incomprensiones, impaciencias por resultados que sólo el tiempo puede conceder, toda una lucha sorda de intereses ramificados, no supieron dejar de afilarse las uñas contra el magno proyecto. Pero su primer paso fue plenamente victorioso. Atravesando el viejo bosque Lussich, a través de los nuevos caminos abiertos por Bonet, se encuentra la «Solana del Mar»). Antonio Bonet 'firma ya para siempre en uno de sus muros. Delante, brotando de la arena hoy verdecida, sube hacia las estrellas, frente al océano, el mástil de un navío. Aunque no lo veáis, el nombre de Bonet también ondea en su bandera.

Homenaje
A ti, arquitecto de la luz, tocado
del soplo de la mar grecolatina;
mano que eleva, frente que origina
la gracia en el azul ilimitado.

Por ti otra vez el cielo fue creado,
por ti el oscuro bosque se ilumina.
Canta tu arquitectura cristalina
sobre el espacio más deshabitado.

Te espera el sol, el aire anda impaciente
del campo a la ciudad, y el hombre siente
morirse de dolor en la mirada.

El arquitecto puede hacer la rosa
y con el sol la vida más dichosa,
en luz, en luz, en luz edificada.


*El texto aquí reproducido fue publicado en "C.R.C. Galería de Arquitectura", Barcelona 1987, incluído El "Homenaje final', escrito en 1948.

El Tribunal Constitucional agrade a la Fundación Rafael Alberti la concesión de la autorización para publicar este texto en su página institucional.

©Rafael Alberti, 1968. El alba del alhelí, S.L.